Momentos Estelares De La Humanidad

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De pronto, en mitad de los discursos y de los brindis, el burgomaestre Dietrich se dirige a un joven capitán de la guarnición, de nombre Rouget, que está sentado a su lado. Acaba de recordar que hace medio año, cuando fue proclamada la Constitución, ese gentil oficial, no precisamente apuesto, aunque simpático, había escrito un bonito himno a la libertad, al que Pleyel, el músico del regimiento, puso música enseguida. Y resultó que aquel trabajo sin pretensiones se podía cantar. La banda militar la había ensayado. La habían tocado en la plaza pública y el coro la había cantado. ¿No era la declaración de guerra y la partida de las tropas una ocasión que se podía festejar de una manera parecida? Así, el burgomaestre Dietrich, sin darle importancia, como pidiendo un favor a un conocido, pregunta al capitán Rouget —que sin derecho alguno se ha ennoblecido a sí mismo y se hace llamar Rouget de Lisle— si no querría aprovechar tan patriótico pretexto y componer algo para las tropas que han de partir, un canto de guerra para el ejército del Rin que al día siguiente marchará contra el enemigo.

Rouget, un hombre discreto, insignificante, que nunca se consideró un gran compositor —sus versos jamás se editaron y sus óperas fueron rechazadas—, sabe que no le cuesta nada escribir versos de circunstancia. Para dar gusto al alto funcionario y al buen amigo, se declara dispuesto. Sí, lo va a intentar.


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