Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Después se detiene y se queda desconcertado. No suena mal. El principio es bueno. Ahora sólo falta encontrar el ritmo adecuado, la melodía para esas palabras. Saca su violín del armario. Ensaya. Y es milagroso. Ya en los primeros compases el ritmo se ajusta perfectamente a las palabras. A toda prisa sigue escribiendo, ahora ya transportado, ahora ya arrastrado por la fuerza que alienta en él. Y todo se agolpa de una vez. Todos los sentimientos que en ese momento se han desatado. Todas las palabras que ha escuchado en la calle, durante el banquete. El odio a los tiranos. La angustia por la tierra natal. La confianza en la victoria. El amor a la libertad. Rouget no necesita improvisar ni inventar, sólo rimar, conferir el ritmo arrebatador de su melodía a las palabras que hoy, en ese día único, han pasado de boca en boca. Y con ello habrá expresado todo, habrá reproducido y cantado todo lo que la nación siente en lo más hondo de su alma. Y no necesita componer, pues a través de las persianas cerradas llega hasta él el ritmo de la calle, del momento. Esa cadencia de provocación y desafío que se encuentra en el paso marcial de los soldados, en el son de las trompetas, en el estruendo de los cañones. Tal vez él mismo no lo oiga, ni siquiera su propio oído despierto, pero el genio del momento, que en aquella noche única se ha alojado en su cuerpo mortal, le ha escuchado a él. Y la melodía, cada vez más dócil, obedece a ese compás machacón, jubiloso, que es el latido de todo un pueblo. Como bajo un ajeno dictado, Rouget escribe con precipitación, cada vez con mayor precipitación, las palabras, las notas. Le ha sobrevenido un ímpetu que repercute en su alma estrecha y burguesa como ningún otro hasta ahora. Una exaltación, un entusiasmo que no son suyos, un poder mágico, concentrado en un único y explosivo segundo, arrastra al pobre diletante muy por encima de sus propios límites y, como un cohete, lo lanza —por un instante, luz y llama resplandeciente— hasta las estrellas. Durante una noche, al capitán Rouget de Lisie se le concede formar parte de los inmortales. A partir de esas consignas, que al principio ha tomado prestadas de la calle, de los periódicos, se forma el mensaje creador que se eleva hasta quedar plasmado en una estrofa, tan imperecedera en su expresión poética como inmortal en su melodía.