Momentos Estelares De La Humanidad

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De una sola ojeada, Napoleón se da cuenta del peligro mortal. Sabe que no puede perder tiempo mientras la jauría se agrupa. Tiene que descuartizarla. Tiene que atacar a cada uno por separado —a los prusianos, a los ingleses, a los austriacos—, antes de que se conviertan en un ejército europeo y destruyan su imperio. Tiene que darse prisa, porque si no en su propio país surgirán los descontentos. Tiene que haber vencido antes de que los republicanos se fortalezcan, uniéndose a los legitimistas. Antes de que Fouché, el de la doble lengua, el incomprensible, aliado con Talleyrand, su rival y su reflejo, le corte los tendones por la espalda. Con un único impulso, aprovechando el tumultuoso entusiasmo del ejército, tiene que deshacerse de sus enemigos. Cada día representa una pérdida. Cada hora, un riesgo. De modo que con precipitación arroja el dado tintineante sobre el más sangriento de los campos de batalla europeos: Bélgica. El 15 de junio, a las tres de la mañana, la vanguardia del gran ejército napoleónico, ya el único, cruza la frontera. Y el 16 arremete en Ligny contra el ejército prusiano, haciéndole retroceder. Es el primer zarpazo del león evadido. Un zarpazo terrible, aunque no mortal. Vencido, aunque no aniquilado, el ejército prusiano se retira hacia Bruselas.




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