Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Entonces Gerard hace un último intento. Pide encarecidamente que al menos a él se le permita acudir al campo de batalla con su división y parte de la caballería, y se compromete a regresar a su posición a tiempo. Grouchy reflexiona. Reflexiona durante un segundo.
Durante un segundo, Grouchy reflexiona. Y ese segundo configura su propio destino, el de Napoleón y el del mundo entero. Ese segundo en la casa de labor de Walhaim determina todo el siglo XIX e, inmortal, pende de los labios de un hombre honrado, pero mediocre. Ese segundo, impotente, está en unas manos que nerviosas arrugan entre los dedos la funesta orden del emperador. Si Grouchy, confiando en sí mismo y en la evidente señal, fuera capaz de reunir el valor necesario para atreverse a desobedecer la orden del emperador, Francia estaría salvada. Pero el subalterno siempre obedece lo que está escrito, jamás la llamada del destino.
De modo que Grouchy deniega enérgicamente la petición. No, volver a dividir un ejército ya tan pequeño, sería irresponsable. Su misión exige que persiga a los prusianos. Nada más. Y se niega a actuar contra las órdenes del emperador. Los oficiales, contrariados, guardan silencio. A su alrededor se hace el silencio. Y en él, irrevocable, lo que ni las palabras ni los hechos pueden ya contener, el segundo decisivo, escapa volando. Wellington ha ganado.
