Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad El 5 de septiembre de 1823 un coche de posta avanza por la carretera de Karlsbad a Eger. El frescor del otoño estremece ya la mañana y un viento cortante atraviesa los campos en los que se ha recogido la cosecha, si bien el cielo azul se extiende sobre la amplia comarca. En la calesa van tres hombres. El consejero privado del archiduque de Sajonia en Weimar, el señor von Goethe —como encomiásticamente figura en la lista del balneario de Karlsbad— y sus dos leales servidores, Stadelmann, el viejo criado, y John, el secretario, que ha escrito las primeras copias de casi todas las obras de Goethe desde que empezara el nuevo siglo. Ninguno de los dos dice una sola palabra, pues, desde que salieran de Karlsbad, donde unas jóvenes damas y unas muchachas rodearan al que partía para besarle y despedirle, los labios del anciano no han vuelto a despegarse. Inmóvil, permanece sentado en el coche, y únicamente la mirada meditabunda, ensimismada, denota la actividad interior. En la primera estación Goethe se apea y sus dos acompañantes ven que con un lápiz escribe a toda prisa algunas palabras en un papel cualquiera. Lo mismo se repite durante todo el trayecto hasta Weimar, tanto estando en marcha como durante las paradas. En Zwotau, apenas recién llegado. Al día siguiente, en el castillo de Hartenberg. Y en Eger, y después en Pössneck. Por donde pasa, ha de anotar con letra apresurada lo que se le ha ido ocurriendo en el camino. El diario lo consigna lacónicamente: «Redacción del poema» (6 de septiembre); «El domingo, continuación del poema» (7 de septiembre); «De nuevo, revisión del poema durante el viaje» (12 de septiembre). Al llegar a Weimar, su destino, la obra está terminada. Nada menos que la Elegía de Marienbad, el poema más significativo, el más íntimo y por tanto el más querido de su vejez. Su heroica despedida, un recomenzar digno de un héroe.