Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Cuando suele enmudecer el hombre en su tormento,
a mí me ha dado un dios expresar lo que padezco.
Meditabundo, el anciano, abatido por la incertidumbre a la que parecen abocadas sus íntimas preguntas, sigue en el coche que avanza. Por la mañana temprano, Ulrike, con su hermana, ha corrido hacia él para darle la «alborotada despedida». Le han besado los juveniles y amados labios, pero, ¿era aquél un beso amoroso, o filial? ¿Podía ella amarle? ¿No le olvidaría? El hijo, la nuera, que impacientes aguardan la rica herencia, ¿permitirían aquel matrimonio? ¿Y el resto del mundo? ¿No se burlará de él? ¿En un año no será demasiado viejo para ella? Y si vuelve a verla, ¿qué cabe esperar del reencuentro?
Impacientes se agitan las preguntas. Y de pronto una de ellas, la trascendental, cobra forma en una línea, en una estrofa. La pregunta, el desamparo, se convierte en un poema que Dios le ha concedido para «expresar lo que padezco». Espontáneo, desnudo sin más, el grito irrumpe en el poema, enérgico impulso de íntima agitación:
¿Qué me cabe esperar del reencuentro,
de la flor de este día aún cerrada?
Se abre ante ti el paraíso o el infierno;
y se te estremece el alma acobardada[1]