Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Un éxito tan formidable en tan pocos años —pues, ¿qué representa una década en la historia de la humanidad, sino un abrir y cerrar de ojos?— hubo de infundir como es lógico un valor ilimitado en aquella generación. Todo lo que se intenta tiene éxito. Y todo con una rapidez increíble. Un par de años y por su parte Inglaterra está telegráficamente unida a Irlanda, Dinamarca a Suecia, Córcega a tierra firme. Y ya se intenta conectar a la red a Egipto y con ello a la India. Pero un continente, el más importante, parece condenado a la exclusión permanente de esa cadena que engloba el mundo entero: América. Pues, ¿cómo tender un único cable a través del océano Atlántico o del Pacífico, cuando ninguno de los dos en su ilimitada amplitud permite la creación de estaciones intermedias? En aquellos años de la infancia de la electricidad aún se desconocen muchos de los factores. Aún no se ha medido la profundidad del mar, aún no se conoce con precisión la estructura geológica del fondo del océano, aún no se ha probado si un cable colocado a semejante profundidad podría soportar la presión de masas de agua tan elevadas. Y aun en el caso de que técnicamente fuera posible depositar de forma segura y a semejantes profundidades un cable interminable, ¿dónde hay un barco con las dimensiones necesarias para transportar una carga de hierro y cobre de dos mil millas de cable? ¿Y dónde las dinamos con la fuerza suficiente como para enviar sin interrupción una corriente eléctrica a una distancia para la que se necesitarían al menos dos o tres semanas para surcarla con un barco de vapor? Faltan todos los requisitos. Aún no se sabe si en las profundidades del océano se forman corrientes magnéticas que pudieran desviar la corriente eléctrica. Aún no se posee un aislamiento suficiente, ni aparatos de medir precisos. Sólo se conocen las leyes principales de la electricidad, que nos han abierto los ojos, sacándonos de un sueño de inconsciencia de cientos de años. «¡Imposible! ¡Es absurdo!», deniegan los entendidos haciendo aspavientos ante la simple mención del plan. «Quizá más adelante», opinan los más valientes entre los técnicos. Incluso a Morse, el hombre al que hasta ese momento el telégrafo debe su mayor perfección, el plan le parece una empresa de riesgos incalculables. Aunque proféticamente añade que, en caso de tener éxito, la colocación del cable trasatlántico representaría «the great feat of the century», el hecho más grandioso del siglo.