Momentos Estelares De La Humanidad

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TOLSTÓI: Dios mío, en eso no había pensado. O sí. Una vez más, una vez más no soy del todo sincero. No, simplemente no he querido pensar en ello. Otra vez lo he evitado, como he esquivado siempre toda decisión clara y directa. (Mira al secretario con severidad.) No, lo sé, lo sé seguro. Mi mujer y mis hijos prestarán tan poca atención a mi última voluntad como hoy se la prestan a mis creencias y al deber de mi alma. Trapichearán con mis obras, y después de mi muerte seré considerado un mentiroso por no haber cumplido mi palabra. (Hace un movimiento decidido.) ¡Pero eso no puede ser! De una vez, claridad. ¿Qué es lo que dijo ese joven, ese hombre recto, auténtico? El mundo exige de mí un gesto. De una vez, integridad. Una decisión clara, genuina y terminante. ¡Fue una señal! A los ochenta y tres años no se puede seguir cerrando los ojos ante la muerte. Hay que mirarla a la cara y, sin rodeos, tomar una decisión. Sí, esos desconocidos me han hecho una buena advertencia. El no actuar oculta siempre una cobardía del alma. Hay que ser franco y claro. Y yo quiero serlo de una vez. Ahora, en mi última hora. A los ochenta y tres años. (Se vuelve hacia el secretario y su hija.) Sascha y Vladimir Georgevich, mañana haré testamento. Claro, férreo, concluyente e inapelable. En él concedo los ingresos de todos mis escritos, todo el dinero sucio que de ellos prolifera, a toda la humanidad. No se puede comerciar con las palabras que he dicho y escrito para todos los hombres y movido por la necesidad de mi conciencia. Venga usted mañana por la mañana y traiga un segundo testigo. No puedo seguir vacilando. Tal vez la muerte ya me esté tendiendo la mano.


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