Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Pero pronto se afloja la severidad de su mirada. Los cañones, las banderas que le dan la bienvenida en el puerto de Brest, no hacen más que honrar según lo prescrito al presidente de la república aliada, pero el clamor que llega hasta él desde la orilla no es, se da cuenta, un recibimiento dispuesto, organizado, no se trata de un júbilo arreglado de antemano, sino del ardiente entusiasmo de todo un pueblo. Por donde pasa la comitiva, en cada pueblo, en cada caserío, en cada casa, se agitan las banderas, las llamas de la esperanza. Las manos se extienden hacia él; las voces rugen en torno a él. Y cuando recorre los Campos Elíseos en París, por las paredes que parecen cobrar vida se derraman cascadas de entusiasmo. El pueblo de París, el pueblo de Francia, símbolo de todos los remotos pueblos de Europa, grita regocijado, sale a su encuentro lleno de expectación. Su rostro se relaja cada vez más. Una sonrisa franca, dichosa, de embriaguez casi, descubre sus dientes, y él agita el sombrero hacia la derecha, hacia la izquierda, como si quisiera saludarlos a todos, al mundo entero. Sí, ha hecho bien viniendo en persona. Sólo una voluntad activa puede triunfar sobre la rígida ley. ¿No es posible, no es un deber crear para siempre y para todos los hombres ciudades tan dichosas como ésta, una humanidad tan llena de esperanza? Sólo una noche de tranquilidad y descanso, y después, mañana mismo, manos a la obra, para dar al mundo la paz con la que ha soñado desde hace miles de años, y con ello realizar la hazaña más grande que un mortal haya llevado a cabo jamás.