Momentos Estelares De La Humanidad

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LAS MURALLAS Y LOS CAÑONES

Bizancio sólo cuenta con un poder y una fuerza, sus murallas. Nada le queda de cuando su imperio se extendía por el mundo entero, nada, salvo ese legado de una época más grande y feliz. El triángulo de la ciudad está protegido con una triple coraza. Más bajas, pero aún majestuosas, las murallas de piedra defienden ambos flancos de la urbe frente al mar de Mármara y el Cuerno de Oro. Una masa gigantesca despliega en cambio el parapeto frente al continente, la llamada muralla de Teodosio. Ya Constantino, previendo futuros peligros, ciñó la ciudad de Bizancio con sillares, y Justiniano prosiguió la construcción y consolidación de ese muro. Pero el bastión propiamente dicho no lo erige sino Teodosio, con una muralla de siete kilómetros de longitud, de cuya fuerza ciclópea dan testimonio aún hoy los restos cubiertos de hiedra. Embellecida con troneras y almenas, protegida por fosos, custodiada por imponentes torres cuadradas, levantada en líneas paralelas dobles y triples, y completada y renovada una y otra vez por cada emperador durante miles de años, esta soberbia muralla de circunvalación representó en su época el símbolo perfecto de lo inexpugnable. Como en los tiempos del asalto desenfrenado de las hordas bárbaras o de las huestes turcas, esos bloques ciclópeos se mofan también ahora de cualquier instrumento bélico que se haya inventado hasta entonces. Impotentes, los proyectiles de las catapultas, de los arietes y hasta de las nuevas culebrinas, así como los de los morteros, rebotan contra su empinada pared. Ninguna otra ciudad de Europa es más segura ni está mejor protegida que Constantinopla gracias a la muralla de Teodosio.


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