Momentos Estelares De La Humanidad

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Entonces Mehmet concibe un plan genial: transportar su flota desde el mar, donde resulta del todo inútil, hasta el puerto del Cuerno de Oro por encima de la lengua de tierra. Esta idea, atrevida hasta el punto de cortar el aliento —cruzar con cientos de barcos una montañosa lengua de tierra—, parece de antemano tan absurda, tan impracticable, que los bizantinos y los genoveses de Galata la tienen tan poco en cuenta en sus cálculos estratégicos como antes los romanos y después los austriacos el rápido paso de Aníbal y el de Napoleón a través de los Alpes. Según toda nuestra experiencia, los barcos sólo pueden ir por el agua, jamás una flota puede avanzar por encima de una montaña. Pero precisamente eso, en cualquier época, es la verdadera señal de una voluntad demoníaca, capaz de convertir en realidad lo imposible. En eso se reconoce siempre a un genio militar, en que durante la guerra se burla de las reglas militares y que, llegado el caso, aplica la improvisación creadora en lugar de los métodos comprobados. Se inicia así una empresa de colosales proporciones, una empresa que apenas tiene parangón en los anales de la Historia. En secreto, Mehmet manda traer incontables cilindros de madera, que los carpinteros transforman en patines sobre los que después se disponen los barcos, que han sacado del mar, como sobre un dique seco móvil. Al mismo tiempo, miles de trabajadores se han puesto ya manos a la obra para, en la medida de lo posible, allanar el estrecho camino de herradura que asciende y luego desciende la colina de Pera. Pero para encubrir ante el enemigo la repentina acumulación de trabajadores, cada día y cada noche el sultán manda que por encima de la ciudad neutral de Galata se abra un terrible fuego de mortero, insensato de por sí, con el único fin de desviar la atención y ocultar el transporte de los barcos de unas aguas a otras por la montaña y el valle. Mientras los enemigos están ocupados y cuentan únicamente con un ataque por tierra, los incontables cilindros de madera, impregnados de aceite y de grasa, se ponen en movimiento; y sobre ese inmenso rodillo, un barco tras otro es arrastrado montaña arriba por innumerables parejas de bueyes con la ayuda de los marineros. En cuanto llega la noche, ocultándolos de cualquier mirada, inician el milagroso avance. En silencio, como todo lo grande; con premeditación, como todo lo que se emprende con astucia, se consuma el milagro de los milagros. Toda una flota avanza por encima de la montaña.


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