Novela de ajedrez
Novela de ajedrez Al cabo de tres dÃas empezó a fastidiarme realmente que sus tácticas de evasión fuesen más hábiles que mi voluntad de abordarlo. Nunca en mi vida habÃa tenido la oportunidad de conocer personalmente a un campeón de ajedrez, y ahora, cuanto más me esforzaba por plasmar tal tipo de personaje, más inverosÃmil se me antojaba una actividad mental que durante una vida entera no hiciera otra cosa que girar en torno a un espacio de sesenta y cuatro casillas blancas y negras. ConocÃa desde luego, por propia experiencia, el misterioso poder de atracción del «juego de reyes», de ese juego entre los juegos, el único entre los ideados por el hombre que escapa soberanamente a cualquier tiranÃa del azar, y otorga los laureles de la victoria exclusivamente al espÃritu, o mejor aún, a una forma muy caracterÃstica de agudeza mental. ¿Pero no es ya el solo hecho de tildarlo de juego una degradación insultante? ¿No es acaso también una ciencia, un arte que gravita entre estas diferentes categorÃas como entre el cielo y la tierra el ataúd de Mahoma? ¿No es por azar un vÃnculo único entre todos los pares de contrarios; antiquÃsimo y sin embargo siempre nuevo; mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan sólo por obra de la fantasÃa; limitado a un espacio rÃgidamente geométrico y a un tiempo ilimitado en sus combinaciones; en perpetuo desarrollo y sin embargo estéril: un pensamiento que no lleva a nada, una matemática que nada calcula, un arte sin obras, una arquitectura sin sustancia, y aun asà más manifiestamente perenne en su esencia y existencia que todos los libros y obras de arte, el único juego que pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastÃo, aguzar los sentidos y estimular el espÃritu? ¿Dónde empieza, dónde acaba? Cualquier niño puede aprender sus reglas básicas, cualquier chapucero probar con él fortuna, y sin embargo tiene la virtud de generar en el seno de su cuadrado, inmutable y estricto, una especie peculiar de campeones sin comparación con ninguna otra, hombres dotados de una habilidad especial para el ajedrez, de una genialidad especÃfica que combina clarividencia, paciencia y técnica en proporciones tan exactamente definidas como lo están para los matemáticos, poetas y músicos, sólo que con distinta disposición y armonÃa. En los tiempos en que hacÃa furor la frenologÃa, tal vez un Gall hubiera realizado la disección de los cerebros de los campeones de ajedrez para averiguar si en la materia gris de estos genios se halla más desarrollada una circunvolución especial, una especie de músculo del ajedrez o de protuberancia ajedrecÃstica. ¡Y cuánto más hubiera entusiasmado a un frenólogo tal un caso como el de Czentovic, en el que ese genio especÃfico aparecÃa enquistado en una desidia intelectual absoluta, como una sola veta de oro entre quintales de roca estéril! Siempre he estado dispuesto a admitir en principio que un juego tan genial y peculiar ha de producir sus héroes especÃficos, pero ¡qué difÃcil, por no decir imposible, resulta imaginarse la vida de un hombre de inteligencia despierta para quien el mundo se reduce a la estrecha senda entre el blanco y el negro, de un hombre que no exige de la vida otros laureles que el mero ir y venir, avanzar y retroceder de treinta y dos figuritas, un hombre que considera ya una proeza haber descubierto una nueva apertura moviendo el caballo en vez del peón o que cree haberse reservado su mÃsero rincón de inmortalidad en los perdidos renglones de un libro de ajedrez; un hombre, un ser inteligente, que sin volverse loco dedica un dÃa tras otro, durante diez, veinte, treinta, cuarenta años, la totalidad de su energÃa mental a la ridÃcula empresa de acorralar sobre un tablero de madera a un rey también de madera!