Novela de ajedrez
Novela de ajedrez McConnor obedeció. Las jugadas siguientes consistieron en un tira y afloja entre los dos —nosotros hacía ya rato que habíamos descendido a la categoría de comparsas— del cual no entendíamos absolutamente nada. Al cabo de unas siete jugadas Czentovic levantó la vista y después de pensárselo mucho dijo:
—Tablas.
Durante un instante reinó un silencio absoluto. Se oyó de pronto el rumor de las olas y las notas de una música de jazz en la radio del salón; percibimos con claridad cada paso en cubierta y el tenue susurro del viento que penetraba por las rendijas de las ventanas. Todo había sucedido de manera tan repentina que nos habíamos quedado sin aliento, confundidos ante la proeza inverosímil de aquel desconocido que había sido capaz de imponer su voluntad al campeón del mundo en una partida ya medio perdida. McConnor se echó hacia atrás, y la respiración contenida dejó paso a un «¡ah!» de satisfacción en sus labios. Yo, a mi vez, observaba a Czentovic. Ya durante los últimos movimientos me había parecido observar en él una palidez cada vez mayor. Pero supo dominarse. Continuaba manteniendo su rigidez aparentemente indiferente. Mientras retiraba con mano tranquila las piezas del tablero preguntó con displicencia:
—¿Desean los señores una tercera partida?