Tres maestros

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Sólo después de haber alumbrado en sí al hombre puro los héroes de Dostoievski entran en la verdadera comunidad. El héroe de Balzac triunfa cuando triunfa sobre la sociedad; el de Dickens, cuando se adapta pacíficamente a la clase social, a la vida burguesa, a la familia y la profesión. La comunidad a la que aspira el héroe de Dostoievski ya no es social, sino religiosa; no anhela la sociedad, sino la fraternidad universal. Y este llegar a la propia interioridad y con ella a la comunidad mística, es la única jerarquía que existe en su obra. Todas sus novelas tratan exclusivamente de este hombre último: en él se ha superado lo social, los estadios intermedios de la sociedad con su mezquino orgullo y sus tortuosos odios, el hombre egocéntrico se convierte en el hombre universal; ha roto su soledad y su aislamiento, que no eran sino orgullo, y con una humildad infinita y un amor ardiente su corazón saluda en los demás al hermano, al hombre puro. Este hombre último, purificado, ya no conoce diferencias ni tiene conciencia de clase social; desnuda como en el Paraíso, su alma no siente vergüenza ni orgullo ni odio ni desprecio; criminales y prostitutas, asesinos y santos, príncipes y borrachos, todos hablan entre ellos en nombre del yo más profundo y verdadero de su vida; todas las capas sociales confluyen entre sí, corazón con corazón, alma con alma. Lo único decisivo en Dostoievski es hasta qué punto cada uno encuentra su verdad y alcanza la verdadera humanidad. No importa cómo se produce esta expiación, esta conquista de sí mismo. Ningún vicio mancha, ningún crimen corrompe, ante Dios no hay otro tribunal que la conciencia. Justicia e injusticia, bien y mal, son palabras que se deshacen en el fuego del dolor. Quien desea la verdad, éste es redimido, pues quien desea la verdad es humilde. Quien lo ha conocido y comprendido todo y sabe que «las leyes del espíritu humano son todavía inescrutables y misteriosas, que no existen médicos infalibles ni jueces inapelables», sabe que nadie es culpable, si no que lo somos todos, que nadie puede ser juez de nadie, sino que todos sólo pueden ser hermanos de todos. Por esta razón, en el cosmos de Dostoievski no hay hombres irremisiblemente depravados, «malvados», no hay infierno ni círculos inferiores como en Dante de los que ni el mismo Cristo puede sacar a los condenados. Sólo conoce purgatorios y sabe que el hombre extraviado es aquel cuya alma más se abrasa y está más cerca del hombre verdadero que los orgullosos, los fríos, los correctos, en cuyo pecho esa verdadera humanidad se ha helado y convertido en legalidad burguesa. Sus hombres verdaderos han sufrido y por eso respetan el dolor y poseen así el secreto postremo de la Tierra. Quien sufre se convierte en hermano a través de la compasión, y todos los hombres de Dostoievski, ya que tienen la mirada puesta sólo en el hombre interior, en el hermano, desconocen el miedo. Todos poseen la sublime facultad, que el escritor en algún momento llama virtud típicamente rusa, de no saber odiar por mucho tiempo y, por lo tanto, una ilimitada capacidad de comprensión de todo lo terrenal. Todavía riñen a menudo entre sí, todavía se atormentan, porque se avergüenzan de su amor, porque consideran que su humildad es una flaqueza y todavía no sospechan que es la fuerza más temible de la Humanidad. Pero su voz interior sabe siempre la verdad. Mientras se insultan y atacan con palabras, con los ojos del alma se miran ya con comprensión y alegría, y los labios besan afligidos la boca hermana. El hombre desnudo, eterno, que vive en ellos se ha reconocido, y este misterio de la reconciliación universal en el reconocimiento mutuo como hermanos, este canto órfico de las almas, es la música lírica en la sombría obra de Dostoievski.


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