Una Partida de ajedrez
Una Partida de ajedrez Y así fue que la ilustre galería de grandes maestros del ajedrez, que entre sus filas reúne todo tipo de superioridad intelectual —filósofos, matemáticos, individuos con una naturaleza calculadora, imaginativa y con frecuencia creativa— se vio invadida por primera vez por un hombre completamente ajeno al mundo intelectual, un joven rústico, taciturno e imperturbable, a quien ni siquiera los periodistas más avezados lograron sacar una sola palabra que pudiera usarse con fines publicitarios. Lo cierto es que esas declaraciones agudas que Czentovic negó a la prensa pronto fueron ampliamente compensadas por anécdotas sobre su persona. Porque en cuanto se alejaba del tablero de ajedrez, donde era un maestro sin igual, se convertía en una figura totalmente grotesca, casi cómica. A pesar del solemne traje negro, la ostentosa corbata y el alfiler con una perla bastante llamativa, y unas manos muy cuidadas, en su comportamiento y sus modales seguía siendo el mismo campesino torpe que barría la sala de estar del sacerdote en la aldea. Para el entretenimiento y la indignación de sus colegas, Mirko buscaba con torpeza y sin pudor alguno hacer la mayor cantidad posible de dinero con su talento y su fama, lo cual dejaba ver una avaricia mezquina y hasta ordinaria a veces. Viajaba de ciudad en ciudad, hospedándose siempre en los hoteles más económicos; jugaba en los clubes más míseros, siempre y cuando le pagaran sus honorarios; prestaba su imagen para anuncios de jabón; y, sin importar las burlas de sus oponentes, que sabían perfectamente que él era incapaz de escribir tres oraciones en forma correcta, incluso prestó su nombre para un “tratado de ajedrez”, escrito en realidad por un desconocido estudiante de Galicia para su editor, un astuto hombre de negocios. Como todo ser así de obstinado, carecía por completo del sentido del ridículo. Desde que había ganado el campeonato mundial, se consideraba a sí mismo el hombre más importante del mundo y la mera idea de haber vencido a todos esos hombres inteligentes e intelectuales, oradores deslumbrantes y escritores especializados, y sobre todo el hecho concreto de ganar más dinero que ellos transformaron su inseguridad original en una fría soberbia con frecuencia pretenciosa.