Una Partida de ajedrez
Una Partida de ajedrez En seis meses, Mirko habÃa logrado dominar todos los misterios técnicos del ajedrez, aunque con una curiosa particularidad que más tarde con frecuencia serÃa motivo de comentarios y burlas en los cÃrculos de ajedrecistas. Czentovic jamás logró jugar ni una sola partida de ajedrez de memoria, o a ciegas, como se dice en la jerga. CarecÃa por completo de la capacidad de visualizar el campo de batalla en el ilimitado espacio de la imaginación y necesitaba tener siempre a la vista, en forma tangible, el tablero blanco y negro de sesenta y cuatro casillas y las treinta y dos piezas. Incluso en el auge de su fama mundial, siempre llevaba a todos lados un ajedrez plegable de bolsillo para poder reproducir las distintas posiciones ante sus ojos cuando querÃa reconstruir una partida de campeonato o resolver un problema. Este defecto, insignificante de por sÃ, demostraba una carencia de poder de imaginación muy comentado en los cÃrculos más Ãntimos del ajedrez, como si, en un contexto musical, un reconocido virtuoso o director de orquesta fuese incapaz de interpretar o dirigir una obra sin tener una partitura a la vista. De cualquier manera, esta curiosa particularidad no retrasó en lo más mÃnimo su espectacular ascenso. A sus diecisiete años ya habÃa ganado una docena de premios de ajedrez; a los dieciocho ganó el campeonato de HungrÃa; y a los veinte, por fin logró ganar el campeonato mundial. Incluso los campeones más audaces, cada uno inmensurablemente superior a Mirko en sus capacidades intelectuales, su imaginación y determinación, cayeron presa de su lógica frÃa y tenaz, tal como Napoleón fue vencido por el ponderoso Kutúzov o AnÃbal por Fabio Cunctator, quien, según Livio, también habÃa mostrado llamativos signos de apatÃa e imbecilidad durante su niñez.