Una Partida de ajedrez

Una Partida de ajedrez

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Pero todos sus esfuerzos eran en vano. A pesar de que le enseñara las letras cien veces, Mirko seguía mirándolas fijo como algo desconocido, y su cerebro lerdo no podía comprender los temas de enseñanza más básicos. A los catorce años, todavía usaba los dedos para sumar, y leer un libro o un periódico significaba un esfuerzo sobrehumano para el adolescente. Sin embargo, no podía tildarse a Mirko de renuente o reacio. Con obediencia hacía lo que se le pedía: iba a buscar agua, cortaba leña, trabajaba en el campo, limpiaba la cocina; aunque con una lentitud desesperante, hacía cualquier labor que se le pidiera. Lo que más molestaba al sacerdote era la apatía total de este torpe muchacho. Mirko no hacía nada a menos que se le pidiera; nunca hacía preguntas; no jugaba con otros niños ni buscaba algo que hacer por sí solo sin que se lo indicaran expresamente. Apenas terminaba sus quehaceres domésticos, se sentaba impasible en la sala de estar con esa mirada vacía de las ovejas al pastar, sin prestar atención a lo que ocurriera a su alrededor. Todas las noches, mientras el sacerdote fumaba su larga pipa de campesino y jugaba las habituales tres partidas de ajedrez contra el policía de la aldea, el muchacho de cabellos claros se sentaba en silencio a su lado y, por la rendija de sus pesados párpados y con aparente indiferencia somnolienta, observaba el tablero a cuadros.


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