Al final mueren los dos
Al final mueren los dos Mateo asintió lentamente, absorbiendo las palabras. Era extraño sentirse tan en paz en un momento que deberÃa ser aterrador.
—Rufus... —dijo después de un largo silencio—, gracias por este dÃa. —Gracias a ti, Mateo.
La conexión entre ellos habÃa crecido más de lo que ambos imaginaban. No eran solo compañeros de último dÃa; eran amigos, y quizá algo más. Pero el tiempo no les daba tregua, y ambos lo sabÃan.
De pronto, Rufus se levantó. —Vamos. Hay una cosa más que quiero hacer.
Se dirigieron a una plaza cercana, donde un músico callejero tocaba una melodÃa lenta y melancólica. Rufus, sin decir nada, le hizo una seña al hombre para que se detuviera. —¿Tocas algo más alegre? —le preguntó. El hombre asintió y comenzó una canción más animada. Rufus extendió la mano hacia Mateo. —BailarÃas conmigo otra vez?
Mateo dudó un segundo antes de aceptar. Los transeúntes los miraban, algunos con curiosidad, otros con sonrisas. Pero a ellos no les importaba. Bailaron bajo las luces de la ciudad, dejándose llevar por la música y el momento.
Cuando la música terminó, Rufus miró a Mateo y dijo: —Si esto es el final, no podrÃa pedir un mejor compañero.