Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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¡Ay! Y si extiendo más la vista; si dejo volar la imaginación sobre toda ESPAÑA; si penetro en cada provincia, en cada ciudad, en cada aldea, en cada cortijo, en cada casa, ¿qué es lo que veré, que sólo de pensarlo las lágrimas acuden a mis ojos y la pluma desmaya entre mis dedos?… ¡Madres, padres, hermanos, hijos, esposas, enamoradas vírgenes!, ¡os vemos con los ojos del corazón!, ¡os estamos mirando como nos miráis vosotros! ¡Solo que nosotros, desde aquí, podemos veros más distintamente, sabiendo, como sabemos, dónde os encontráis, qué vida hacéis, cuáles son vuestros sitios y costumbres, qué lugar ocupáis en el hogar y en la mesa, y hacia dónde cae el vidrio cubierto de escarcha al cual os asomáis para bendecirnos! ¡Todo, todo lo sabemos! ¡Vuestra Nochebuena es de llanto y luto! ¡Un crespón de duelo cubre, en vez de mantel, la mesa abandonada! «¿Cómo estarán? (exclamáis a cada instante). ¿Habrán muerto? ¿Morirán esta noche? ¿La pasarán batiéndose? ¿Tendrá hambre y frío? ¿Se acordarán de nosotros?». ¡Oh! No; esto no lo preguntáis: ¡esto lo sabéis!

Pero demos tregua a tan inmortal congoja, y tornemos los ojos al expatriado ejército, o, lo que es lo mismo, prescindamos de perspectivas, y tracemos el primer término de nuestro cuadro.

He aquí el espectáculo que presenta el campamento…


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