Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Los moros estaban efectivamente cortados. ¡Érales imposible huir! ¡Y, sin embargo, lo intentaron! Pero ¿cómo? ¡Precipitándose desde las rocas a la playa, arrojándose luego al mar, o corriendo hacia nuestro campo; todo lo cual equivalía a trocar muerte por muerte!
Llegó esta para todos, porque todos prefirieron morir a rendir las armas. ¡Matando y rugiendo, sí, como verdaderos leones, exhalaron el último suspiro, y sus cadáveres, cosidos a bayonetazos, quedaron a la espalda de nuestras victoriosas huestes!