Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Entretanto el general Ros, enfermo todavía, abandonaba el lecho y subía a la trinchera, desde donde dirigía la acción con esa elevada táctica y fría inteligencia que conserva en medio de las balas, y que le valió este día la admiración de todo el ejército. El general Turón, encargado de defender nuestra derecha, adonde había cargado el enemigo buscando el desquite, sostenía reñido combate, que cubrió al fin de gloria a los batallones de Asturias, la Reina, Baza, Llerena, Zamora, Ciudad-Rodrigo y Albuera. Allí los coroneles Bohorques, Alaminos, Pino y Ulibarri se batieron entre los oficiales, y los brigadieres Cervino, Moreta y Mogrovejo dejaron a veces la espada del caudillo por la carabina del soldado. Allí los jefes de todos los dichos cuerpos (Novella, Cos-Gayón, y aquellos cuyos nombres no sé, pero cuyo valor pude admirar) estuvieron delante de sus tropas, dándoles ejemplo de intrepidez y de desprecio a la muerte. Allí, por último, los soldados rivalizaron en denuedo y en amor a sus oficiales, a los que pugnaban inútilmente por servir de escudo con su pecho. ¡Oh! ¡Fue un día de heroísmo, que valió al TERCER CUERPO mil plácemes y felicitaciones del conde de Lucena y de su cuartel general!