Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Porque O'Donnell había acudido, como siempre, al punto de mayor peligro, y dirigía ya el combate personalmente. ¡Qué admirable serenidad la suya! ¡Qué golpe de vista! ¡Qué inteligencia de la guerra! El general en jefe dice que no oye las balas; y así debe de ser, pues no se comprende de otro modo la indiferencia con que va y viene en medio del fuego, cuando todos las oyen silbar y las ven herir. ¡Oigalas, pues, aunque solo sea por patriotismo, nuestro general en jefe, o apártelas Dios de su amenazado pecho!

Mientras O'Donnell se echaba así en brazos de su buena estrella, Ros de Olano era llevado en los de sus ayudantes a la tienda del coronel duque de Gor. Nuestro general, mal repuesto del cólera y a rigurosa dieta hacía muchos días, había perdido el sentido sobre la trinchera, con no menor gloria que aquellos pobres soldados que volvían de las guerrillas bañados en sangre. El uno, como los otros, caía en su puesto de honor.







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