Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Por mar y por tierra.
29 de diciembre, por la mañana.
¡MagnÃfico, espléndido, delicioso dÃa! Desde que resonó el toque de diana, conocà en las melódicas vibraciones del aire que el cielo estaba limpio de nubes y que la mar dormÃa tranquila. Además, los cantos de alegrÃa de los soldados saludaban elocuentemente la vuelta del buen tiempo.
Salté, pues, de la cama, ansioso de luz, de aire y de calor; abrà mi tienda, y salà a la que todos no podemos menos de llamar la calle.
¡Qué animación, qué vida, qué regocijo respiraba el campamento! Todas las tiendas estaban abiertas de par en par: camas, ropas, monturas, mantas, vÃveres, armas, municiones, todo se veÃa desdoblado, extendido, desparramado a la puerta de cada habitación de lona, a fin de que el sol lo secase cuando sus rayos adquiriesen fuerza. Unos se marchaban a lavar, otros hacÃan su toilette al aire libre, después de muchos dÃas de irremediable incuria; estos describÃan con pintorescas frases el detrimento que el temporal habÃa causado en su equipo; aquellos exclamaban, desperezándose y mirando su carabina: «¡Hoy hace un buen dÃa de moros!…». Ni más ni menos que los cazadores dicen en España: «¡Hoy hace un buen dÃa de liebres!».