Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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— XIX —

Por mar y por tierra.

29 de diciembre, por la mañana.

¡Magnífico, espléndido, delicioso día! Desde que resonó el toque de diana, conocí en las melódicas vibraciones del aire que el cielo estaba limpio de nubes y que la mar dormía tranquila. Además, los cantos de alegría de los soldados saludaban elocuentemente la vuelta del buen tiempo.

Salté, pues, de la cama, ansioso de luz, de aire y de calor; abrí mi tienda, y salí a la que todos no podemos menos de llamar la calle.

¡Qué animación, qué vida, qué regocijo respiraba el campamento! Todas las tiendas estaban abiertas de par en par: camas, ropas, monturas, mantas, víveres, armas, municiones, todo se veía desdoblado, extendido, desparramado a la puerta de cada habitación de lona, a fin de que el sol lo secase cuando sus rayos adquiriesen fuerza. Unos se marchaban a lavar, otros hacían su toilette al aire libre, después de muchos días de irremediable incuria; estos describían con pintorescas frases el detrimento que el temporal había causado en su equipo; aquellos exclamaban, desperezándose y mirando su carabina: «¡Hoy hace un buen día de moros!…». Ni más ni menos que los cazadores dicen en España: «¡Hoy hace un buen día de liebres!».


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