Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Cerca de dos meses ha tardado nuestro ejército en batir veinte leguas cuadradas de monte, pero ya ha dado fin tan espantosa tarea. ¡Treinta o cuarenta mil enemigos han sido ojeados, expulsados o muertos en los barrancos y malezas de tan agrestes montañas!… ¡Qué estupenda, qué grandiosa, qué descomunal cacería!
Mañana podremos descender tranquilamente a ese llano; correr en nuestros caballos por esas praderas; pasear, esparcirnos; vivir con libertad y desahogo…
¡Ah! Sí…; pero, entretanto, aun hemos de pasar una noche en la cumbre de estas montañas (atrincherados convenientemente y prevenidos contra cualquier sorpresa), y cata aquí que, aprovechando la ocasión, las densas nubes que nos han acompañado en tan larga y fatigosa travesía vienen a despedirse de nosotros, sin duda para que no olvidemos los buenos ratos que nos han dado en estas sierras.
Llueve a mares. Nuestras tiendas se plantarán, como siempre, sobre charcos de agua; y cuando nos preparábamos a comer y a descansar después de un día entero de dieta y de combate, tenemos que empezar a luchar con la lluvia y con el viento.
Es más, ni los equipajes ni las tiendas asoman todavía por ningún lado… ¡Bonita noche nos espera, en lo alto de un promontorio, a seiscientos metros sobre el mar, luchando con un temporal deshecho, y acaso, acaso, sin cama ni albergue!…