Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Tengamos paciencia…, y hasta mañana.
¡Ah! Se me olvidaba deciros que el aduar por donde hemos pasado hoy se llama Medik…
Así acaba de asegurármelo un antiguo desertor del presidio de Ceuta, que hoy nos sirve de guía.
En mi tienda a las diez de la noche.
Hace cuatro horas me despedí de vosotros hasta mañana, y tal mañana no ha llegado todavía. Sin embargo, cojo otra vez la pluma para daros las buenas noches antes de acostarme, y deciros que, gracias a Dios, llegaron nuestras tiendas y equipajes un poco antes de obscurecer.
Mi cama se ha mojado mucho en el camino… Pero ¿qué importa, si ya me he secado en una hermosa hoguera, acabo de cenar como un rey y tengo un sueño que envidiaría un bienaventurado?
¡Solo sigue preocupándome una cosa, y es el afán de adivinar lo que estarán diciendo a estas horas en la ciudad vecina al ver las hogueras de nuestro campo!
¡Imaginémonos el efecto que producirán estas mil luces, tachonando el crespón de una noche tan tenebrosa!…
Cabo Negro parecerá inmenso catafalco cubierto de enlutadas cortinas y coronado de antorchas funerales.
—¡Madre, madre!… —preguntarán los niños a las siervas de los moros—. ¿Qué iluminación es aquella?