Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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La caballería árabe, que seguía corriéndose hacia el mar por la derecha, volvió pies atrás y se replegó al centro del llano no bien vio avanzar aquella recia, aunque reducida falange de jinetes nuestros. Y fue que los moros comprendieron que nosotros, caminando siempre transversalmente, hubiéramos concluido por cortar su línea y dejar aislados y prisioneros (entre nuestros caballos, el mar, Cabo Negro y nuestro Campamento) a cuantos se habían atrevido a aproximarse a la playa.

Condensose, pues, el enemigo sobre nuestro frente, en tanto que nuevas fuerzas, viniendo del lado de Tetuán, nos amenazaban ya por la izquierda. Es decir, que en un instante cambió por completo la mutua posición de los combatientes y el plan de ataque de los marroquíes.

Estas continuas y rápidas mudanzas de los moros son, indudablemente, habilísimas, y ponen a prueba la previsión y la paciencia de los generales más experimentados. ¡Nadie sabe cómo se las componen unas tropas tan desorganizadas para comunicar a cada momento nuevos designios; para obrar concertadamente en las circunstancias más imprevistas; para ir y venir, variar de objeto, volver al intento que abandonaron, o disiparse como el humo, y todo ello uniforme y simultáneamente, según las peripecias de la lucha! Acaso no es ciencia ni obedecen a premeditadas instrucciones, sino que todos y cada uno se guían por un maravilloso instinto, semejante al de los ejércitos de abejas o de hormigas.


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