Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Sin embargo, no se ha acabado la acción… ¡Vive Dios, que la morisma es una brava gente!… ¡Apenas repuestos de la primera sorpresa, estudian la colocación de nuestros cañones; aclaran sus filas y vuelven al mismo lugar que acaban de bañar en sangre, esgrimiendo sobre su cabeza las argentadas espingardas y tirando contra nosotros en el momento de revolver sus caballos!… Los de infantería, por su parte, se arrastran cautelosamente entre la hierba, surgen de pronto ante nuestra vista; hacen fuego con la presteza del relámpago, y vuelven a arrojarse al suelo, tal y como los fantasmas se hunden por escotillón en los teatros…

Por lo demás, así entre los jinetes como entre los peones, había ayer gentes nuevas, o que, a lo menos, no recordábamos haber visto hasta entonces. Una pintoresca variedad de trajes había sucedido a la antigua uniformidad de sus blancas o pardas vestimentas. Quiénes vestían largos ropones encarnados, quiénes alquiceles azules y casquetes rojos; había muchos con jaique negro, y no pocos con abultados turbantes y ancho calzón amarillo o verde; pero todavía la generalidad llevaba la clásica y monumental vestidura blanca, siquier en todos se notara más lujo y ostentación que en los demás combates… Indudablemente, ayer nos las hubimos con tropas de rey, con soldados imperiales, con la flor del ejército marroquí.


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