Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Nuestros cañones acabaron de despejar el frente. El general O'Donnell se corrió entonces un poco a la izquierda para seguir los movimientos del enemigo (que el humo le impedía ver en el otro lado), y desde allí percibimos todo el ejército moro, disperso ya por la llanura, y en actitud devolver a sus reales, cual si ya se hubiese penetrado de la inutilidad de sus acometidas…

Pero, en esto, cierta guerrilla de la división del general Ríos pasó temerariamente una laguna próxima a la Aduana, y, llevada de un excesivo ardor, cargaba, o, por mejor decir, perseguía a la caballería mora; lo cual, si era cierto modo una imprudencia, no dejaba de ser al mismo tiempo un alarde de valor heroico que nos hizo palpitar de orgullo. ¡Ah! Nuevos en esta guerra; ansiosos de recibir el bautismo del fuego y de la gloria, aquellos soldados veían alejarse al enemigo sin haber tenido ocasión de demostrarle y demostrarnos a nosotros que eran dignos de figurar al lado de los vencedores de tantos combates; y, llenos de noble impaciencia, buscaban una ocasión de luchar con él separadamente y de vencerlo por sí solos.

Los marroquíes vieron a aquellos valientes separados de sus compañeros por una ancha laguna; y, creyendo llegada la hora de la venganza, volvieron sobre sus pasos y se dirigieron en considerable número contra la incomunicada guerrilla…


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