Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Pero el general Ríos volaba ya también en su auxilio, después de haber tratado (algo tarde) de contener tan intempestivo arrojo. Lanzose, pues, en la laguna a la cabeza de un batallón del regimiento de Cantabria; atravesó las ondas a paso de carga, con el agua hasta la mitad del cuerpo, y, unidos ya todos a la guerrilla, corrieron al encuentro de los musulmanes.
Mas si el general Ríos había sextuplicado la fuerza aislada que trataban de aniquilar los moros, estos, en cambio, habían centuplicado las huestes con que venían contra ella… Puede decirse que todo su ejército se dirigía ya hacia aquel atrevido batallón, rodeándolo, envolviéndolo, acosándolo ferozmente, sin consideración alguna al fuego de nuestra artillería… ¿Qué les importaba morir, si ya estaban seguros de matar? ¡Mermarán en buen hora nuestras granadas sus enfurecidas huestes; pero el batallón de Cantabria había caído en su poder, y no dejarían escapar la presa ni aun a costa de toda la sangre marroquí!
¡Vana ilusión! ¡Quimérica jactancia! ¡El batallón se defenderá por sí mismo del formidable enemigo que lo cerca, y el general O'Donnell castigará a los insensatos que amenazan destruirlo!