Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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—¡No es nada! ¡No es nada! ¡No correr! —gritan en este momento muchas voces desde el lugar de la catástrofe.

Y vemos aparecer en la puerta de la casa del gobernador al general O'Donnell seguido de su cuartel general.

La explicación de aquel pánico cunde entonces rapidísimamente. Ha ardido una cantidad insignificante de pólvora. El conflicto ha sido casual. Los moros no han tenido parte alguna en él. En la casa del gobernador había habido durante la guerra un almacén de municiones. Ayer, al escapar Muley-el-Abbas, se las llevó consigo; pero la operación se hizo tan de prisa, que el suelo quedó regado de pólvora. Un soldado nuestro tiró sobre ella inadvertidamente un cigarro encendido, y he aquí el origen de tan alarmante acontecimiento.

De él han resultado gravemente quemadas dos o tres personas, y muchas otras heridas y contusas, a causa del tropel que se movió en la plaza. Pero ¿qué es esto en comparación de lo que hemos temido?

Pasado aquel momento de angustia, procediose al alojamiento de la guarnición de Tetuán, y nosotros, los poetas de oficio, nos desparramamos por las calles, en busca de nuevas emociones y extraordinarias aventuras.


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