Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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De todo esto se deduce que los moros hacen amable únicamente la remota perspectiva de su ciudad y el interior de sus hogares, lo cual explica también su carácter y sus inclinaciones. Amantes de los placeres domésticos, de las felicidades solitarias y silenciosas, sitúan sus pueblos en distintos parajes y los blanquean cuidadosamente, a fin de que les sonrían desde lejos, de que los atraigan, de que les recuerden las dulzuras de su harén o de su baño; y una vez dentro de la ciudad, no encuentran en ella nada que les halague, que los entretenga, que les ofrezca comodidad ni reposo, sino el interior de su albergue, su mansión oculta, su blanco y amoroso nido.

Hay, sin embargo, dentro de Tetuán una excepción que hacer en todo lo enunciado. Aludo al Fondak, pequeñísima plazoleta cubierta por una gran parra, y en la que ciertos Argelinos han establecido la moda de los cafés tan renombrados de su tierra… Ya iré yo por allí a hacerles compañía, y describiré minuciosamente ciertas escenas (interrumpidas hoy), cuyos pormenores me ha hecho entrever el judío que me sirve a la vez de cicerone y de intérprete, y de quien también hablaremos a su debido tiempo.




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