Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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— XVIII —

Los moros vuelven a pedirnos la paz.—Explicación del combate de ayer.—Tetuán como garantía.—La cuestión de Tánger.—Nos disponemos a marchar sobre esta plaza.

Día 12 de marzo.

La fortuna se ha empeñado en favorecernos en esta guerra. Dios vela por su causa.

El combate de ayer ha tenido más trascendencia de la que podíamos imaginarnos. Los parlamentarios de Muley-el-Abbas se hallan otra vez entre nosotros demandando gracia, apremiándonos por una avenencia, diciendo que se arruina el Imperio si ganamos otra batalla, y explicándonos de nuevo que de ningún modo nos acomoda semejante cataclismo, puesto que, de suceder, no encontraremos ya nunca en este país gobierno con quien tratar, sino una guerra indefinida o unas paces traidoras, solo fecundas en alevosías y ferocidades.

—No nos pidáis a Tetuán… —exclaman—. Eso es pretender lo imposible para nosotros y lo innecesario o perjudicial para vuestra nación… Pedidnos dinero; pedidnos muchos millones; pedidnos todo aquello que el Emperador pueda hacer sin que se enteren sus pueblos. ¡Evitad una revolución en este Imperio, o temed por la humanidad! El día que se desencadene la tormenta que hace años ruge a los lados del Atlas, todos los ejércitos del mundo se evitarían los horrores que presenciaría nuestra tierra.


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