Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Semejantes razones, hijas de una dolorosa experiencia, no fueron suficientes a convencer al general que mandaba a los rifeños, y que se llamaba Cerid-el-Hach, sino que, tomando pie de aquella prohibición, sublevó la mayor parte de las tropas de Muley-el-Abbas, a quien calificó públicamente de asustadizo y cobarde… («¡Cobarde el Califa!», exclamaban los parlamentarios al llegar a ese punto), y decidió presentarnos la batalla por su cuenta, asegurando a los que no le quisieron acompañar, que a la noche les llevaría las tiendas que les tomamos en la batalla del 4 de febrero, y, por añadidura y todas las nuestras.
—¡No vayas, Cerid! —le dijo todavía Muley-el-Abbas—. ¡Tú no conoces a los españoles!
—¡Vaya si los conozco! —respondió el Hach—. ¡Vengo de vencerlos!
—¡Vienes de acuchillar en las tinieblas a tropas engañadas, pero no de atacarlas en sus posiciones a la luz del día, como pretendes hacer hoy!
—¡A la noche verás quién acierta! —replicó el rifeño.
—¡Quiera Dios que también lo veas tú! —respondió Muley-el-Abbas.
El temor del Califa equivalió a un vaticinio. Cerid-el-Hach expiró esta mañana en la tienda del Príncipe, de resultas de un balazo que recibíó ayer tarde en el vientre.