El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Aquella aldea que ves sobre un monte es GetsemanÃ. En ella estuvo el Huerto de las Olivas. A éste otro lado distinguirás una eminencia coronada por un templo que destaca sobre un campo de estrellas… ¡Es el Gólgota! ¡Ahà pasé el gran dÃa de mi vida! Creà haber vencido al mismo Dios…, y vencido lo tuve durante muchas horas… Pero, ¡ay!, que también fue en este monte donde, tres dÃas después, me vi desarmada y anulada al amanecer de un domingo… ¡Jesús habÃa resucitado! También presenciaron estos sitios, en la misma ocasión, mis grandes combates personales con la Naturaleza… Aquà fue mi duelo con ella; aquel terrible duelo… (a las tres de la tarde; me acuerdo perfectamente) en que, no bien me vio blandir la lanza de Longinos contra el pecho del Redentor, empezó a tirarme piedras, a desarreglarme los cementerios, a resucitar a los muertos… ¡Qué sé yo! ¡Creà que la pobre Natura habÃa perdido el juicio!
La Muerte reflexionó un momento; y alzando luego la cabeza, con más seriedad en el semblante, añadió:
—¡Es la hora!… Ha pasado la medianoche. Vamos a mi casa y despachemos lo que tenemos que hablar.
—¿Dónde vives? —preguntó tÃmidamente Gil Gil.
—¡En el polo Boreal! —respondió la Muerte—. ¡Allà donde nunca ha pisado ni pisará pie humano!… ¡Entre nieves y hielos tan viejos como el mundo!