El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte La Muerte levantó solemnemente la mano derecha y miró al cielo, mientras que su triste voz respondÃa:
—Te lo juro.
—¡Oh! Gil… ¿Qué es esto? —exclamó Elena, avanzando por entre los árboles, pálida, gentil y resplandeciente como una personificación mitológica de la luna.
Gil, pálido también como un desenterrado, descompuesto el cabello, torva la mirada, anheloso el corazón, besó en la frente a Elena y dijo con acento sepulcral:
—Hasta mañana. ¡Espérame, vida mÃa!
—¡Su vida! —murmuro la Muerte con honda compasión.
Elena levantó al cielo los ojos, bañados en dulces lágrimas; cruzó las manos poseÃda de misteriosa angustia y repitió con voz que no era de este mundo:
—Hasta mañana.
Y Gil y la Muerte se marcharon, y ella se quedó allÃ, entre los árboles, con las manos cruzadas y los brazos caÃdos, inmóvil, magnÃfica, intensamente alumbrada por la luna.
ParecÃa una noble estatua sin pedestal, olvidada en medio del jardÃn.
El tiempo al revés