El niño de la bola
El niño de la bola —¡Antes morirás tú mil veces, dragón de los infiernos! —gritó al fin la madre, levantando la cara hasta rozar con la del joven—. ¡Estás enfrente de una madre resuelta a todo, a matar, a morir, a llorar hasta que se ablande tu alma de piedra, a servirte de criada, a todo, menos a ver padecer a su hija, menos a ver sin padre al nieto de su corazón! Ya lo sabes, monstruo. Puedes tomar el camino que gustes.
Una carcajada histérica y salvaje estalló del pecho de Manuel y se dilató por los silenciosos campos.
—¡La desvergonzada ha tenido un hijo! —rugió luego convulsivamente—. ¡Un hijo de cualquiera! ¡Cómo se multiplican estos bicharracos! ¡Cuántos, cuántos tengo que matar, comenzando por usted, que es la abogada de todos ellos! ¡Rece usted el credo, señá MarÃa!
La anciana dio un agudo chillido, creyéndose muerta; y, como no pudiese escapar, volvió a caer de rodillas, y se abrazó a los pies del insensato.