El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Así! ¡Así! ¡A mis plantas! —exclamó éste con sarcástico regocijo—. Oiga usted en esa postura mis instrucciones, a ver si complaciéndome en todo, conquista usted una conmutación de pena. Ahora no le habla a usted ese traidorzuelo que se ha amancebado con su hija. ¡Ahora le hablo yo, el verdadero marido de Soledad! Dígale usted a ese hombre que se marche de la casa en que ya está de más, adonde yo tengo que ir esta noche, no sé si a besar a mi mujer, o a pegarle antes de matarla. Dígale usted que por la mañana temprano lo buscaré a él dondequiera que se agazape, para lo cual iré siguiendo con el olfato su pista de acobardada garduña o de zorro ladrón, y lo mataré como quien mata un insecto. Dígale a Soledad que he llegado; que eche su hijo a la Inclusa, y me espere bien vestida hasta que yo vaya a verla o le mande recado de que la espero. Dígale que yo, que Manuel Venegas, que el Niño de la Bola… ¡Oh! ¡No le diga nada! ¡Ay, Dios mío! ¡Se me va la cabeza! ¡Yo me vuelvo loco! ¡Aire! ¡Aire! ¡Pobre Soledad mía! ¡Soledad de mi alma! ¡Soledad! ¡Soledad!

Y gritando de esta manera, sollozando o riendo, pero sin derramar ni una lágrima, salió tambaleándose de la ermita, montó a caballo y desapareció fuera de camino, por en medio de los oscuros sembrados, como si huyese a un mismo tiempo de las tierras en que había estado ausente tantos años y de la ciudad a cuyas puertas acababa de ser herido de muerte.


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