El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Conque ha llorado la Dolorosa! —decía la parte neutra del coro—. ¡Mala señal para Antonio Arregui! ¡Los primeros amores son los que privan! ¡Veréis cómo todo esto concluye por donde debió empezar: por entenderse los dos enamorados, y por irse Antonio Arregui a la Rioja! ¡Lástima de fábrica! ¡Hacía un paño tan bueno y tan barato!

En tal momento, es decir, cuando la procesión estaba ya en la calle de Santa Luparia[192], y Soledad y su madre se habían marchado por excusadas callejuelas, y todo parecía terminado por aquella tarde, notóse gran agitación en lo hondo de la calle de Santa María.

—¡Antonio Arregui ha llegado! ¡Antonio Arregui viene! ¡Antonio Arregui está ahí! Miradlo. ¡Aquél es! ¡Y qué cara trae! —decían en voz más o menos baja muchas personas, señalando a un hombre de buena presencia, que avanzaba muy de prisa por en medio de la calle, con la faz descompuesta por la indignación, seguido de algunos pilluelos, y fijos los ojos en la casa donde Soledad y la señá María Josefa habían pasado la tarde.




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