El niño de la bola
El niño de la bola Y entonces fue de ver la maestría con que el público se reparte los papeles y funciona en tales casos sin previo acuerdo. Mientras que unos paraban al furioso riojano y le referían exactísimamente todo lo ocurrido, advirtiéndole que su mujer y su madre política se habían marchado ilesas, y rogándole con cierta sorna que fuera prudente y se encerrase en su casa, otros echaban calle arriba, a fin de alcanzar a Manuel Venegas y ponerle al tanto de la novedad, con ánimo, sin duda, de acabar también pidiéndole hipócritamente que se dejase de terquedades y trapisondas, y evitara un desagradable encuentro con el irritadísimo esposo de la infortunada hija de don Elías Pérez.
Por fortuna, no faltaron en el concurso algunas almas caritativas mejor aconsejadas, que corrieran más que éstos últimos y dijesen oportunamente cuatro palabras al oído a don Trinidad Muley.
—¡Corred, muchachos! —gritó entonces el cura a los portadores de las andas—. ¡Vamos, vamos!, que está oscureciendo. ¡Más de prisa aún, perezosos! ¡Basta por hoy de procesión! ¡Y tú, Manuel mío, no te sueltes! ¡Este diantre de capa pesa mil arrobas, y tú estás ayudándome a llevarla!