El niño de la bola

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Tomó, pues, la procesión un paso como de fuga. Los de las andas, arengados incesantemente por don Trinidad, lo atropellaban todo, sin respeto alguno al orden de la comitiva: los del palio corrían detrás de las andas, midiendo con las varas el suelo a grandes trancos, y sacerdotes, monaguillos, seises, bajonistas, cofrades, público y escolta formaban un barullo indescriptible.

—Pero ¿qué ocurre? ¿Por qué corren ustedes tanto? —preguntaban los muñidores, esgrimiendo sus pértigas.

—¡Nada! ¡Nada! ¡Adelante! —respondía don Trinidad Muley, echando los bofes.

Y, no muy seguro aún de que bastase a su propósito aquella gloriosa huida, llamó al septuagenario capitán, que marchaba detrás de él representando al ejército: le refirió al oído lo que pasaba en la otra calle, y terminó diciéndole a media voz:

—¡En último extremo, tire usted de la espada! ¡Pero, por Dios, no pegue usted a nadie más que de plano!

Dichosamente, Manuel iba tan ensimismado y abatido, que no reparaba en ninguna de aquellas cosas, y se dejaba llevar por el padre de almas como un ciego por el que ve.


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