El niño de la bola
El niño de la bola —¡Alto, señor don Antonio! ¡Mi hijo está en sagrado! Usted acaba de hacer, con venir aquÃ, todo lo que cumple a un hombre de honor y de vergüenza. ¡Márchese tranquilo a su casa, adonde yo iré a buscarle mañana temprano, si Dios quiere!
Y, volviéndose a la multitud, añadió con destemplado acento:
—Ustedes, ¡a sus negocios! ¡A cuidar de sus hijos, que harto lo necesitan, y dejen en paz a los desgraciados!
Antonio Arregui besó la mano al magnánimo cura sin contestar palabra, y se marchó tranquilamente.
Los grupos se retiraron también poco a poco, elogiando en voz alta la prudencia y sabidurÃa del famoso don Trinidad Muley, y pensando al propio tiempo en el peligrosÃsimo baile de rifa de la siguiente tarde, como el jugador que ha perdido piensa en el desquite.
Y pronto no quedaron más que recuerdos de la inolvidable procesión de aquel dÃa, como del fulgente sol que habÃa iluminado las engalanadas y ya entenebrecidas calles sólo quedaba un vago crepúsculo en los remotos celajes de Poniente.