El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Dios querrá! —dijo el sacerdote, alzando los ojos al cielo—. Las raíces de tu antigua fe están vivas, y ya ha comenzado a correr por ellas la savia de la regeneración. Las máximas que tu padre y yo sembramos en tu alma de niño han vuelto a germinar bajo los auspicios de esta efigie del Redentor del mundo. Debes, pues, agradecimiento al Amigo de tu niñez; y, aunque hoy no veas en su dulce imagen más que una sombra, un retrato, un recuerdo del cariño que le tuviste, y que Él no ha dejado de tenerte; aunque todavía no haya penetrado en tu nublada razón la nueva luz que ya ilumina las más altas cumbres de tu espíritu, ¡bésalo, Manuel! (¡Nada pierdes con besarlo!) ¡Bésalo, y verás cómo toda la soberbia que te queda en el cerebro se desbarata en lágrimas, del propio modo que se ha desbaratado la que tenías en el corazón! ¡Verás cómo al poner tus labios sobre los descalzos pies del Niño, en cuya divinidad creían tu padre y tu madre, conoces que estás haciendo una cosa muy santa, y vuelves a llorar de dicha! ¿Qué te cuesta el probar? ¿Por qué no te atreves? ¿No te dice ese miedo que el acto de sumisión que te propongo es de maravillosas consecuencias? Ven, mira. ¡Yo te daré ejemplo, como cuando eras chico! Yo lo besaré antes que tú. ¡Así se hace! ¡Así! Y luego se dice (llorando como lloro yo): «¡Bendito seas, Jesús crucificado! ¡Bendita sea tu Santísima Madre! ¡Bendito sea tu Padre Celestial, que te envió a la tierra a redimirnos!».


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