El niño de la bola

El niño de la bola

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Manuel cerró los ojos, y cayó de rodillas como una torre que se desploma.

De rodillas estaban también las dos ancianas y el malagueño, y con fervientes oraciones daban gracias a Dios, al ver que el joven se abrazaba a los pies del Niño de la Bola y los cubría de besos y de lágrimas.

De rodillas, en fin, estaba don Trinidad Muley, a quien de seguro hubieran abrazado gustosos en aquel momento hasta los incrédulos más empedernidos; ¡porque la verdad es que en todo aquello no había nada malo para nadie ni para nada, y sí mucho bueno para todos y para todo, o nosotros no sabemos lo que es bueno ni lo que es malo en esta miserable vida!

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No intentaremos describir los últimos minutos que Manuel Venegas permaneció todavía en su casa, ni los renovados tristísimos adioses que allí se dieron aquellos seres de tan sencillo y tierno corazón. Temeríamos afligir demasiado a nuestros lectores, que, pues todavía no han soltado esta verídica historia en que se rinde culto a la pobreza o humildad de espíritu, seguramente tienen la dicha de pensar y sentir como don Trinidad Muley. Preferimos, pues, salir a la plaza, y confundirnos con la generalidad del público, en cuya compañía podremos ver más tranquilamente la solemne marcha de Manuel Venegas y los dramáticos lances que acontecieron con este motivo.


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