El niño de la bola

El niño de la bola

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VI

MARCHA TRIUNFAL

Hacía una mañana hermosísima, sobre todo para los felices mortales que no tuvieran fijos sus ojos en la negrura de pasiones propias o ajenas, sino que hubiesen preferido salir al campo a espaciar su vista y su alma por el sublime templo de la Naturaleza, por la pintada tierra, llena de prodigios, por la rutilante bóveda del cielo y por el claro espejo de una conciencia suficientemente limpia para poder reflejar las misteriosas luces de lo infinito.

No estaban de este humor aquel funesto lunes, 6 de abril de 1840, las muchas personas que acudían a la plaza Mayor de la ciudad a enterarse de los adelantos que el dolor y la ira habían hecho durante la noche en el corazón de Manuel Venegas y Antonio Arregui. Ni necesito decir que el grupo en que más excitados, por cuenta ajena, se hallaban los ánimos era el formado, según costumbre, a la puerta de la botica; ¡terrible aduana, por donde tenía que pasar el Niño de la Bola al marcharse del pueblo!

Vitriolo estaba más acerbo y feroz que nunca; sin poder callarse, aunque no dejaban de aconsejárselo sus discípulos, y si por acaso interrumpía sus discursos, era para decir a los que iban a comprar medicinas: ¡No hay de ésa! o ¡Vuelva usted más tarde!, o Dígale al enfermo que se muera; que esto que le han mandado no le sirve para nada.


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