El niño de la bola
El niño de la bola Ello es que no se apartaba del mencionado grupo, donde ya habÃa tronado largamente contra la imbecilidad de Manuel, «cuya casa —dijo— habÃa llenado de santos y de viejas el cura de Santa MarÃa, a fin de separarlo del camino de la decencia y del honor y hacerle faltar a sus famosos juramentos».
Luego añadió:
—Según mis informes, a las tres de la madrugada lo llevaban ya de vencida, y el cuitado estaba rezando el Confiteor[211] a los pies del Niño Jesús, después de haberle regalado una porción de joyas, a ruegos de don Trinidad, que es una hormiguita para su iglesia. ¡Pobre Manuel! ¡Si su animoso padre levantase la cabeza!
El auditorio se miró, como dudando de la congruencia de aquella invocación, y Vitriolo, que se dio cuenta de ello, dobló la hoja y pasó a otro asunto.
—¡En cuanto al marido de Soledad —exclamó con enfático tono—, hay que reconocer que es un valiente! ¡Ya vieron ustedes lo que hizo ayer! ¡Ir, sin quitarse las espuelas, a la ermita de Santa Luparia en busca del célebre matón, a quien don Trinidad Muley habÃa escondido en una especie de escaparate[212]!. Yo no dudo de que cuando sepa, como ya lo sabrá a estas horas, que su madre polÃtica y su hijo han pasado la noche en casa del amante de su mujer, vendrá a pedir satisfacción a éste, y echará por tierra todas las artimañas del fanatismo y la cobardÃa.