El niño de la bola
El niño de la bola —¡No se rÃa usted! —añadió el veterano, temblando de cólera—. ¡Mire usted que hoy vengo resuelto a aplastarlo si no deja de corromper el aire con sus viles calumnias!
—¡Amenazas y todo! —replicó el boticario despreciativamente—. ¿Lo han comprado también a usted? ¿Le ha tocado alguna joya de las regaladas al Niño de madera? Pues, ¡me alegraré de que la disfrute!
Y le volvió la espalda, asustado de lo que acababa de decir.
—¡Lo que me ha tocado va usted a verlo ahora mismo! —rugió el capitán— ¡Tome usted en nombre del Ejército!
Y arrimó al insolente materialista un soberano puntapié en la parte más vil de su materia animal.
El pobre ateo se llevó las manos a la parte contusa y huyó diciendo:
—¡Ah! ¡Lo de siempre! ¡El militarismo, el cesarismo[213], la fuerza bruta, el brazo secular de la tiranÃa!
—No ha habido tal brazo, mi buen Papaveris —dijo Paco Antúnez, negándole el auxilio que fue a pedirle—. ¡La caricia ha sido con el pie, de las buenas!
Y se alejó de él desdeñosamente.