El niño de la bola
El niño de la bola Este lance, que hizo reír mucho a cuantos lo presenciaron, fue como la señal y comienzo de la gran derrota que había de sufrir Vitriolo aquella inolvidable mañana a la vista de todos sus discípulos.
Decímoslo, porque en tal momento comenzaron a salir de casa de Manuel las famosas cargas de equipaje, precedidas del arriero de Málaga, el cual estaba contentísimo, creyéndose ya camino de las Indias.
La emoción del público al ver aquella prueba material de que Manuel se iba, de que don Trinidad había triunfado, de que la fiera perdonaba, fue grandísima, al par que noble y jubilosa, con muy escasas excepciones.
—¡Manuel se va! —decían unos—. ¡Don Trinidad no tiene precio! ¡Eso es lo que se llama un buen cristiano!
—¡Manuel se va! —exclamaban otros— ¡La verdad es que este desenlace tiene algo de prodigio!
—¡Los Venegas fueron siempre así! —expuso el viejo buñolero de la plaza—. ¡Parece que poseen el don particular de entusiasmar al pueblo! La mañana de hoy me recuerda aquella otra en que don Rodrigo salvó los papeles de don Elías del incendio que nadie quería apagar. ¡Todos aplaudimos entonces sin saber por qué, y ya está pasando ahora lo mismo! ¡Miren ustedes! La gente llora, los chicos bailan de contento, las mujeres se asoman a los balcones. Voy a avisar a la mía.