El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Asà gritaba por las calles de la ciudad quien tenÃa facultades para tanto, cuando la molinera y el corregidor, cada cual en una de las burras del molino, el Sr. Juan López en su mula, y los dos alguaciles andando, llegaron a la puerta del corregimiento.
La puerta estaba cerrada.
Dijérase que para el gobierno, lo mismo que para los gobernados, habÃa concluido todo por aquel dÃa.
—¡Malo! —pensó Garduña.
Y llamó con el aldabón dos o tres veces.
Pasó mucho tiempo y ni abrieron ni contestaron.
La señá Frasquita estaba más amarilla que la cera.
El corregidor se habÃa comido ya todas las uñas de ambas manos.
Nadie decÃa una palabra.
¡Pum!… ¡Pum!… ¡Pum!… Golpes y más golpes a la puerta del corregimiento (aplicados sucesivamente por los dos alguaciles y por el Sr. Juan López)… Y ¡nada! ¡No respondÃa nadie! ¡No abrÃan! ¡No se movÃa una mosca!
Sólo se oÃa el claro rumor de los caños de una fuente que habÃa en el patio de la casa.
Y de esta manera transcurrÃan minutos, largos como eternidades.
