El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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La generosa navarra supo comprender desde luego toda la grandeza de la actitud de aquella esposa injuriada…, e injuriada acaso doblemente… Así es que, alzándose en el acto a igual altura, dominó sus naturales impulsos y guardó un silencio decoroso. Esto sin contar con que la señá Frasquita, segura de su inocencia y de su fuerza, no tenía prisa de defenderse. Teníala, sí, de acusar, ¡y mucha!…, pero no ciertamente a la corregidora. ¡Con quien ella deseaba ajustar cuentas era con el tío Lucas… y el tío Lucas no estaba allí!

—Señá Frasquita… —repitió la noble dama, al ver que la molinera no se había movido de su sitio— le he dicho a usted que puede pasar y sentarse.

Esta segunda indicación fue hecha con voz más afectuosa y sentida que la primera… Dijérase que la corregidora había adivinado también por instinto, al fijarse en el reposado continente y en la varonil hermosura de aquella mujer, que no iba a habérselas con un ser bajo y despreciable, sino quizá más bien con otra infortunada como ella; ¡infortunada, sí, por el solo hecho de haber conocido al corregidor!

Cruzaron, pues, sendas miradas de paz y de indulgencia aquellas dos mujeres que se consideraban dos veces rivales, y notaron con gran sorpresa que sus almas se aplacieron la una en la otra, como dos hermanas que se reconocen.


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