El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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No de otro modo se divisan y saludan a lo lejos las castas nieves de las encumbradas montañas.

Saboreando estas dulces emociones, la molinera entró majestuosamente en el salón, y se sentó en el filo de una silla.

A su paso por el molino, previendo que en la ciudad tendría que hacer visitas de importancia, se había arreglado un poco y puéstose una mantilla de franela negra, con grandes felpones, que le sentaba divinamente. Parecía toda una señora.

Por lo que toca al corregidor, dicho se está que había guardado silencio durante aquel episodio. El rugido de la señá Frasquita y su aparición en la escena no habían podido menos de sobresaltarlo. ¡Aquella mujer le causaba ya más terror que la suya propia!

—Conque vamos, tío Lucas… —prosiguió Doña Mercedes, dirigiéndose a su marido—. Ahí tiene usted a la señá Frasquita… ¡Puede usted volver a formular su demanda! ¡Puede usted preguntarle aquello de su honra!

—Mercedes, ¡por los clavos de Cristo! —gritó el corregidor—. ¡Mira que tú no sabes de lo que soy capaz! ¡Nuevamente te conjuro a que dejes la broma y me digas todo lo que ha pasado aquí durante mi ausencia! ¿Dónde está ese hombre?

—¿Quién? ¿Mi marido?… Mi marido se está levantando, y ya no puede tardar en venir.


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